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Desde lejos se siente el golpe dum, dum… dum. El brazo se eleva sosteniendo un palo grueso y liso, para después caer con fuerza sobre la sábana retorcida. La espuma jabonosa explota con cada golpe y de la tela sale un agua blanca que se mezcla con la del río. Es muy temprano, apenas si ha salido el sol y ya las tendederas esperan por la ropa húmeda que deberá secarse durante la mañana. La mujer está exhausta. Desde que era una adolescente lava así su indumentaria y la de su familia. ¿Qué otra opción tendría? En aquel pueblito perdido en una montaña del oriente, todas sus vecinas lo hacen igual. A veces cuando duerme, su cuerpo se mueve inquieto en la cama y repite el amago de un movimiento: sube… baja… dum… dum… dum.
Por estos días al hablar de la emancipación femenina en Cuba se nos trata de persuadir de su alcance, mostrando las cifras de mujeres en el parlamento. Se habla también –en los medios más oficiales- de cuántas han logrado escalar puesto administrativos, estar al frente de una institución, un centro científico o una empresa. Sin embargo, muy poco se dice del sacrificio que significa para ellas congeniar estas funciones con la abultada agenda doméstica y con las precariedades materiales. Sólo hay que mirar el rostro de las que superan los cuarenta años, para notar ese rictus de labios curvados hacia abajo común en tantas cubanas. Es la marca que deja una cotidianidad donde una buena parte del tiempo hay que dedicarla a tareas agobiantes y repetitivas. Una de ellas lavar la ropa, que muchas compatriotas realizan -al menos un par de veces por semana- a mano y en condiciones muy difíciles. Algunas ni siquiera tienen agua corriente en sus casas.
En un país donde una lavadora cuesta el salario de todo un año de trabajo, no puede hablarse de emancipación femenina. Frente a la batea y al cepillo, o a la caldera con pañales de bebé que borbotea sobre la leña, miles de féminas pasan muchas horas de su vida. La situación se vuelve más difícil si nos alejamos de la capital y observamos las manos de esas mujeres que mantienen limpios, con la fuerza de sus dedos, las camisas, los pantalones y hasta los uniformes militares de sus familiares. Son manos nudosas, manchadas de blanco por el jabón o el detergente en los que se sumergen por horas. Manos que desmienten las estadísticas sobre emancipación y las fabricadas cuotas de género, con que se nos intenta convencer de lo contrario.

Lavadora Aurika importada en los años ochenta a Cuba desde la URSS y que todavía muchas familias cubanas conservan… a falta de otra.
Foto tomada de: http://museodelanostalgia.blogspot.ch/2009/02/la-infame-lavadora-aurika-80.html
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El edificio tiene la forma de una estrella de David dislocada. Es gris, de fachada revestida de zinc y pequeñas aberturas que provocan mayor sensación de claustrofobia. El museo no está compuesto solo por la muestra que se exhibe en sus muros y en sus vitrinas, el museo lo es todo, cada espacio que se puede recorrer y también los huecos vacíos –sin presencia humana- que se atisban por ciertas ranuras. Hay fotos de familia, libros con portadas de letras doradas, instrumentos médicos e imágenes de jóvenes vestidos en traje de baño. Es la vida, la vida de los judíos alemanes antes del holocausto. Uno podría esperar ver sólo el testimonio del horror, pero lo más dramático es que se encuentra ante el testimonio de la cotidianidad. La risa captada –años antes de la tragedia- resulta tan dolorosa de mirar como los cuerpos enflaquecidos y los cadáveres apilados. La prueba de los instantes de felicidad, hace más pavoroso el segundo del llanto y el dolor.
Después de un rato entre los pasillos estrechos de aquel lugar y en medio de su arquitectura desconcertante, salgo y respiro. Miro el verde de la primavera en Berlín y pienso: no podemos permitir que este pasado regrese alguna vez.
Y no muy lejos de allí, se erige el Museo de la Stasi. Me meto en sus celdas, en los cuartos de interrogatorios. Voy de la mano de un cubano que estuvo detenido en ese mismo lugar, donde una ventana con vista hacia afuera se convierte en un sueño inalcanzable. Un calabozo fue forrado con caucho, las marcas de los arañazos de los reclusos todavía se pueden ver en sus paredes. Sin embargo, más siniestras me parecen las oficinas donde se les arrancaba –o fabricaba- una confesión a los detenidos. Las conozco, las he visto. Son una copia de su contraparte en Cuba. Han sido copiadas al dedillo por los aventajados alumnos que la Seguridad del Estado de la RDA formó en el Ministerio del Interior de la Isla. Impersonales, con una silla que el recluso no podrá mover porque está anclada al piso y alguna supuesta cortina detrás de la cual se esconde el micrófono o la cámara de filmación. Y los ruidos metálicos todo el tiempo, que surgen del traquetear de los cerrojos y las rejas; para recordarle a los prisioneros dónde están, cuán a merced del carcelero se encuentran.
Después de eso necesito volver a tomar aire, salir de aquellos muros. Me aparto de ese sitio con la convicción de que lo que para ellos es un museo del pasado, nosotros aún lo vivimos en tiempo presente. Un “ahora” que no podemos permitir que se prolongue hacia el mañana.

Muro de Berlín
Un tren retumba a través de la ventana. En Berlin siempre hay un tren que suena en algún lugar. Me asomo y veo una realidad bien diferente a la que observó mi padre en aquel 1984 cuando llegó por primera vez a esta ciudad. Maquinista de trenes, había ganado -a golpe de horas voluntarias y mucho trabajo- un viaje al futuro. Si, porque en aquella época la RDA era el horizonte al que muchos cubanos aspiraban a acercarse algún día. Así que a aquel hombre de la locomotora y las manos llenas de grasa, le dieron también un bono para que comprara algo de ropa antes de su salida a Europa. Le tocó un juego de chaqueta y pantalón, además una maleta inmesa en la que mi hermana y yo jugábamos a escondernos. Llegó a Alemania del Este en pleno invierno y se quedó solo dos semanas en una visita guiada, cuyo objetivo principal era demostrarle a los afortunados viajeros las ventajas de aquel modelo. Y mi padre regresó convencido.
En el aeropuerto, a la vuelta, venía con una sonrisa de oreja a oreja y con una bolsa de mano. En el interior un par de zapatos para cada una de sus hijas, que resultaron ser la mejor posesión alcanzada en aquel viaje. Eso y los recuerdos. Durante décadas nos ha estado contando su estancia en la RDA. Agregando detalles cada vez, hasta convertirla en casi una leyenda familiar que debemos oír al reunirnos para alguna conmemoración. A la luz de hoy el asombro de aquel maquinista se resume en el hecho de que en Berlín había podido sentarse en una cafetería y pedir algo para beber sin hacer una larga cola, le había comprado unos regalos a sus pequeñas sin mostrar una libreta de productos racionados y logró darse una ducha de agua caliente en el hotel donde estuvo hospedado. Estaba sorprendido ante cada pequeña cosa.
Ahora soy yo la que estoy en Berlin. Pensando en que mi padre no reconocería esta ciudad, no alcanzaría a conciliarla con aquella otra que él visitó en un año tan orwelliano como su número lo indicaba. Del muro que la dividía en dos solo queda un trozo museable pintado por varios artistas; el hotel donde él estuvo probablemente se demolió y el nombre de la mujer que le traducía y lo vigilaba -para que no escapara hacia occidente- no aparece en la guía telefónica. La maleta tampoco existe más, los zapatos nos duraron sólo un curso escolar y las fotos de tono rojizo que se tomó en la AlexanderPlatz ya están tan manoseadas que ni se ven. Sin embargo, estoy segura que al regreso mi padre intentará explicarme Berlín, decirme cómo entró a una panadería y logró comerse una empanada sin presentar la cartilla de racionamiento. Me reiré y le daré la razón, hay sueños que después de tanto tiempo no vale la pena romper.
El Capitolio de La Habana empieza a salir de su largo castigo. Como un niño penitente, ha esperado 54 años para que le regresen su condición de sede del parlamento cubano. Transitó por todo, fue museo de ciencias naturales con animales disecados -llenos de polillas- y en uno de sus pasillos se abrió el primer local público de Internet en la capital cubana. Mientras los turistas fotografiaban la enorme estatua de la República, miles de murciélagos colgaban de sus altísimos y decorados techos. Dormitaban de cabeza durante el día, pero de noche revoloteaban y dejaban sus heces pegadas en las paredes y las cornisas. Allí se fueron acumulando por décadas, entre la indiferencia de los empleados y las risillas de los adolescentes que señalaban a los residuos y decían “mira, mierda, mierda”. Ese es el edificio que conozco desde niña, caído en desgracia, pero imponente aún.
A los visitantes siempre les cautiva la historia del diamante que marca el punto cero de la Carretera Central, con su dosis de maldición y de codicia. También al observar este coloso neoclásico, esos mismos viajeros confirman – lo que sabemos pero nadie dice en voz alta- que “se parece muchísimo al Capitolio de Washington”. En esa similitud radica parte de los motivos para el ninguneo político que ha padecido nuestro edificio insigne. Demasiado evocador de aquel otro; evidente primo hermano de uno que pasó a significar la imagen del enemigo. Pero como por decreto no se erigen los símbolos arquitectónicos de ninguna ciudad, su cúpula siguió conformando el rostro habanero, junto al Malecón y al Morro que se levanta a la entrada de la bahía. Para quienes llegan desde provincia, la foto frente a la amplia escalinata de este gran palacio, resulta obligatoria. Su cúpula es además la más reflejada en pinturas, fotos, artesanías y cuanta baratija alguien quiere llevar de vuelta a su país para decir: estuve en La Habana. Mientras insistían en quitarle importancia, más protagónico se hacía. Mientras mayor era el estigma sobre él, su mezcla de hermosura y decadencia se volvía más subyugante. Entre otras razones porque en las décadas posteriores a su edificación –y hasta el día de hoy- ninguna otra construcción en la Isla ha logrado superarlo en esplendor.
Ahora, la Asamblea Nacional del Poder Popular comenzará a sesionar justo donde una vez se reunía aquel congreso de la República de Cuba, del que tan mal nos hablan los libros oficiales de historia. Me imagino a nuestros parlamentarios, sentados en los hemiciclos de asientos tapizados, rodeados de los ventanales de regio porte y bajo los techos finamente decorados. Los vislumbro además levantando todos las manos para aprobar las leyes por unanimidad o por inmensa mayoría. Callados, mansos, uniformes en cuanto a ideas políticas, deseosos de no contrariar al verdadero poder. Y no sé qué pensar, la verdad, si esta es la nueva humillación –el más elaborado castigo- que le depara al Capitolio de La Habana; o si por el contrario es su victoria, el acariciado triunfo por el que llevaba esperando más de medio siglo.
El jueves pasado he estado en La Habana, aunque sin moverme de Madrid. Gracias a la guitarra de Boris Larramendi me di un saltico por la Isla. Un breve –pero intenso- regreso, sólo a golpe de acordes y de buena música. En un local de la capital española nos encontramos un grupo de amigos, algunos graduados de la Facultad de Artes y Letras, pero también antiguos asistentes a cuanta peña musical existió en los años noventa en Cuba. Me sentí como en casa, pues justo en la sala de nuestro apartamento tuvimos una de aquellas tertulias que antenoche hemos recordado. Evocamos nuestra infusión de caña santa y ese poco de azúcar con el que recuperábamos las energías después de subir las bicicletas 14 pisos por la escaleras. Pero sobre todo hemos rememorado las buenas canciones que se escuchaban allí, el espacio de libertad que lográbamos crear al menos por unas horas.
Más allá de los estribillos y el arroz con frijoles, disfruté especialmente el reencuentro con estos compatriotas. Muchos de ellos tratan todavía de abrirse camino en una España azotada por la crisis económica y los cuestionamientos políticos. Algunos desempleados, otros ilegales, varios con hijos nacidos aquí que no conocen el país de sus padres; todos pendientes de lo que ocurre en Cuba. Boris cantó hasta quedarse ronco, las palmas de las manos se nos enrojecieron por acompañarlo con aplausos y -ya pasada la medianoche- el humor brotó, los chistes nos acompañaron.
En una pared un televisor mostraba imágenes grabadas en las calles habaneras. El malecón y la esquina de 23 y L, quedaban como fondo audiovisual que acompañaba nuestra “guaracha” improvisada alrededor de dos mesas. En un momento me percaté que aquella grabación que pasaba en la pantalla era de una cámara de seguridad policial. De manera que allí estaba aquel material de vigilancia filtrado y convertido en mero video de divertimento en un espacio recreativo. La banalización del ojo oficial; el control convertido en frívolo reporte de la cotidianidad. Pero ni siquiera eso nos distrajo de lo más importante que estaba ocurriendo en aquella sala: la confluencia. Estábamos encontrando el punto en común después de una larga travesía y de una prolongada separación. Éramos más libres que en cualquier tertulia habanera y no obstante seguíamos siendo el fruto de todas aquellas tertulias habaneras. Bendito pasado que nos ha esperado en este mañana.
A cada ciudad le adjudicamos un rostro, a cada lugar una personalidad. Camagüey se me antoja una señora sobria y de abolengo, Frankfurt lleva el pelo a lo punk y una corbata que apenas si le pega, Praga carga con unos ojos azules y la sonrisa irregular de aquel joven que se cruzó –sólo un segundo- en mi camino. Por su parte, Lima tiene una cara inenarrable pero cubierta de polvo. El polvo de Lima da vueltas y se posa alrededor de todo. Sobrevuela los acantilados que abruptamente se abren hacia un mar que a los caribeños nos resulta demasiado frío, demasiado agitado. Diminutas partículas de tierra y arena que se pegan al cuerpo, la comida, la vida. Polvo sobre las frutas de la selva, sobre el ceviche recién servido. Polvo metido en el “pisco sour” que deja al paladar con deseos de más y también con deseos de nunca más. Una capa dorada, irreal, que se unta en los parabrisas de los autos y en el vendedor de periódicos que desafía la luz roja del semáforo para vender su mercancía antes que anochezca. El polvo en el que todos terminaremos después del día final, pero que Lima nos lo adelanta en vida.
Una muchacha de piel cobriza me ha parecido Lima. Reservada, con algo de ese mutismo misterioso de los que vienen de la sierra. Tiene además manos que alivian. Pues en Lima recuperé la voz y no es una metáfora. Llegué rendida de más de cincuenta días de intenso viaje, afónica y con fiebre. Me fui, repuesta, arropada por mis amigos y con la energía recobrada tras ver una ciudad que ya no cabe en sí misma. Hundí los pies en el pacífico por primera vez, me trepé a los cerros de la villa El Salvador para ver a la gente ganándole terreno a la aridez del suelo y a la pobreza. También estuve en el centro histórico, con sus Iglesias, sus ofertas para turistas y sus procesiones religiosas. Porque Lima es un sinfín de ciudades, algunas de ellas superpuestas caprichosamente sobre las otras. Es como una joven a la que el cuerpo le ha crecido demasiado y ya no le sirven sus propias ropas. De ahí los atascos en el transporte y las tantas grúas levantando edificios por todos lados. Esta ciudad, tiene un rostro formado sobre la prisa, un ojo de aquí, una boca de allá, una frente sacada de cualquier otro lugar; es mestiza, chola, alemana, suiza, chilena y española… es mucha Lima.
El avión había tocado tierra en Panamá y al otro lado de los cristales se veía un sol inclemente que caía sobre el pavimento. Recorrí los salones del aeropuerto, en busca de un baño y también de un lugar donde esperar hasta que partiera mi próximo vuelo. Algunos jóvenes que aguardaban en el salón principal me hicieron señas y comenzaron a gritar mi nombre. Eran venezolanos. Estaban allí, al igual que yo, en tránsito hacia otro destino. Así que conversamos en medio del gentío y de las maletas que iban y venían, mientras los altavoces anunciaban las salidas y los arribos. Me dijeron que leían mi blog y comprendían muy bien lo que estábamos viviendo en la Isla. En un momento les pedí tomarme una foto con ellos. Respondieron con caras largas y la súplica de que “por favor, no la subas a Facebook ni a Twitter porque nos metemos en problema en nuestro país”. Me quedé pasmada. De pronto los venezolanos me recordaron tremendamente a los cubanos: temerosos, hablando en un susurro, escondiendo todo aquello que pudiera comprometerlos frente al poder.
Aquel encuentro me dejó reflexionando sobre el tema del control ideológico, la vigilancia y la intromisión excesiva del estado en cada detalle de la vida cotidiana. Sin embargo, a pesar de las similitudes que encontré en aquellos jóvenes y mis compatriotas, sentí que a ellos les quedaban algunos espacios que para nosotros ya se habían cerrado. Entre esas rendijas aún abiertas, están precisamente las elecciones. El hecho de que hoy domingo los venezolanos puedan asistir a las urnas y decidir con su voto –amén de todas las jugarretas oficialistas- el futuro inmediato de su nación, es algo que a los cubanos se nos arrebató hace mucho tiempo. Hábilmente el Partido Comunista de nuestro país cortó todos los caminos para que pudiéramos optar entre varias opciones políticas. Conocedor de que no podría competir en buena lid, Fidel Castro prefirió correr sólo en la pista y eligió como único relevo a alguien que, por demás, lleva su propio apellido. Comparando situaciones, a los venezolanos les queda la esperanza del todavía… a los cubanos, la desazón del jamás.
Por eso, conociendo la jaula desde adentro, me aventuro a recomendarles a los venezolanos que no terminen ellos mismos por cerrar la única puerta de salida con la que cuenta. Espero que aquellos jóvenes que encontré en el aeropuerto de Panamá estén ahora mismo ejerciendo su derecho al voto. Les deseo que después de esta jornada no vuelvan a temer a represalias por sacarse una foto con alguien, decir una idea, firmar una crítica. Les deseo, en fin, que alcancen lo que nosotros no logramos.
Hace unos años, cuando salí por primera vez de Cuba, estaba yo en un tren que partía desde la ciudad de Berlín hacia el Norte. Un Berlín ya reunificado, pero que todavía conservaba fragmentos de esa fea cicatriz que fue aquel muro que dividió a una nación. En el compartimento de aquel tren y mientras recordaba a mi padre y mi abuelo ferroviarios, que hubieran dado cualquier cosa por viajar en esa maravilla de vagones y locomotora, entablé una conversación con un joven que iba sentado justo frente a mí. Después del primer intercambio de saludos, de maltratar el idioma alemán con un “Guten Tag” y aclarar que “Ich spreche ein bisschen Deutsch”, el hombre me preguntó inmediatamente de dónde yo venía. Así que le respondí con un “Ich komme aus Kuba”. Como siempre ocurre después de la frase de que uno viene de la mayor de las Antillas, el interlocutor trató de demostrar lo mucho que sabía sobre nuestro país. Normalmente, durante ese viaje me encontraba con gente que me decía “ah… Cuba, sí, Varadero, ron, música salsa”. También hallé hasta un par de casos que la única referencia que parecían tener sobre nuestra nación era el disco “Buena Vista Social Club”, que justamente por esos años estaba arrasando en popularidad en las listas de temas más escuchados. Pero aquel joven en un tren de Berlín me sorprendió. A diferencia de otros no me respondió con un estereotipo turístico o melódico, llegó más allá. Su pregunta fue: “¿Eres de Cuba? ¿De la Cuba de Fidel o de la Cuba de Miami?
Mi rostro se puso rojo, se me olvidó todo la poca lengua germana que sabía y le respondí en mi mejor español de Centro Habana: “Chico, yo soy cubana de José Martí”. Ahí terminó nuestra breve conversación. No obstante, el resto de viaje y el resto de mi vida, he tenido muy presente aquella charla. Me he preguntado muchas veces qué ha llevado a aquel berlinés y a tantas otras personas en el mundo a ver a los cubanos de dentro y de fuera de la Isla como dos mundos separados, dos mundos irreconciliables. La respuesta a esa pregunta recorre también parte del trabajo en mi blog Generación Y. ¿Cómo fue que dividieron nuestra nación? ¿Cómo fue que un gobierno, un partido, un hombre en el poder, se atribuyeron el derecho de decidir quién debía llevar nuestra nacionalidad y quién no? La respuesta a esas preguntas la saben ustedes mucho mejor que yo. Ustedes, que han vivido el dolor del exilio, que partieron la mayoría de las veces sólo con lo que llevaban puesto. Ustedes, que dijeron adiós a familiares, a muchos de los cuales nunca más volvieron a ver. Ustedes que han tratado de preservar a Cuba, la única, la indivisible, la completa, en vuestras mentes y vuestros corazones.
Pero yo sigo preguntándome ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que el gentilicio de cubano pasó a ser algo que sólo se otorgaba por considerandos ideológicos? Créanme que cuando uno ha nacido y crecido con una sola versión de la historia, una versión mutilada y conveniente de la historia, no puede responderse esa pregunta. Por suerte, del adoctrinamiento siempre es posible despertar. Basta que cada día una pregunta, cómo ácido corrosivo, se nos adentre en la cabeza. Basta que no nos conformemos con lo que nos dijeron. El adoctrinamiento es incompatible con la duda, el lavado de cerebro termina justo cuando ese mismo cerebro empieza a cuestionarse las frases que le han dicho. El proceso de despertar es lento, comienza como un extrañamiento, como si de pronto le vieras las costuras a la realidad. Así fue como se inició todo en mi caso. Fui una pionerita adocenada, todos ustedes lo saben. Repetí cada día en los matutinos de la escuela primaria aquella consigna de “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Corrí infinidad de veces con la máscara antigás bajo el brazo hacia un refugio, mientras mis maestros me aseguraban que pronto seríamos atacados desde algún lugar. Lo creí. Un niño siempre cree lo que le dicen los mayores. Pero había algunas cosas que no encajaban. Todo proceso de búsqueda de la verdad tiene su detonante. Justo un momento en que una pieza no encaja, en que algo no tiene lógica. Y esa ausencia de lógica estaba fuera de la escuela, estaba en mi barrio y en mi casa. Yo no entendía bien el por qué si aquellos que se habían ido en el Mariel eran “enemigos de la Patria”, por qué mis amigas estaban tan felices cuando alguno de aquellos parientes exiliados les enviaba algo de comida o de ropa. ¿Por qué esos vecinos que habían sido despedido con un acto de repudio en el solar de Cayo Hueso donde yo había nacido, eran los que mantenían a la madre anciana que había quedado atrás, quien regalaba parte de aquellos paquetes a los mismos que habían lanzado huevos e insultos a sus hijos? Yo no entendía. Y de esa incomprensión, dolorosa como todo parto, nació la persona que soy ahora.
Por eso, cuando aquel berlinés que nunca había estado en Cuba intentó dividir mi nación, salté como un gato y lo encaré. Por eso, estoy aquí ante ustedes hoy, tratando de ayudar a que nadie, nunca más, pueda dividirnos entre un tipo de cubano u otro. Los vamos a necesitar para la Cuba futura y los necesitamos en la Cuba presente. Sin ustedes nuestro país estaría incompleto, como alguien a quien se le ha amputado sus extremidades. No podemos permitir que nos sigan dividiendo. Como mismo estamos luchando para que habitar un país donde se permitan los derechos a la expresión, la asociación y tantos otros que nos han arrebatados; tenemos que hacer todo -lo posible y lo imposible- porque ustedes recuperen esos derechos que también les han sido quitados. Es que no hay un ustedes y un nosotros… solo hay un “nosotros”. No permitamos que nos sigan separando.
Aquí estoy porque no me creía la historia que me contaron. Como muchos otros tantos cubanos que crecieron bajo una sola “verdad” oficial, hemos despertado. Tenemos que reconstruir nuestra nación. Nosotros solos no podemos. Los aquí presentes -y bien que lo saben- han ayudado a muchas familias de la Isla a poner un plato de comida sobre la mesa de sus hijos. Se han abierto camino en sociedades donde tuvieron que empezar desde cero. Han llevado y cuidado a Cuba. Ayúdennos a unificarla, a derrumbar ese muro que. a diferencia del de Berlin, no es de concreto ni ladrillos, sino de mentiras, silencios, malas intenciones.
En esa Cuba con la que muchos soñamos no hará falta aclarar qué tipo de cubano uno es. Seremos cubanos a secas, cubanos y punto, cubanos.
[Texto leído en acto realizado en la Torre de la Libertad, Miami, Florida, el 1° de abril de 2013]
He encontrado a Cuba fuera de Cuba, le dije hace unos días a un amigo. Se río con mi juego de palabras, creía que yo intentaba hacer literatura. Pero no. En Brasil una septuagenaria emocionada me regaló un medalla con la Virgen de la Caridad del Cobre. “No he vuelto desde que me fui en 1964″, confirmó mientras me entregaba aquella pequeña joya que había pertenecido a su madre. Durante mi estancia en Praga, un grupo de compatriotas radicados allí parecía estar más al tanto de lo que ocurría en nuestro país que muchos que vegetan -dentro de él- en la apatía. Entre los altos edificios de New York una familia me invitó a su casa y la abuela hizo un “flan de coco” a la usanza de nuestra cocina tradicional, tan menoscabada en la Isla por el desabastecimiento y las carencias.
Nuestra diáspora, nuestro exilio, está conservando a Cuba fuera de Cuba. Junto a sus maletas y el dolor de la distancia, han preservado trozos de la historia nacional que fueron borrados de los libros de textos con los que varias generaciones hemos sido educados o, mejor dicho, adocenados. Estoy redescubriendo a mi propia patria en cada uno de estos cubanos dispersos por el mundo. Cuando compruebo lo que han llegado a ser realmente, lo contrasto con aquello que la propaganda oficial me ha dicho de ellos y termina dándome una tristeza enorme con mi país. Por todo este caudal humano que nos hemos perdido, por todo este talento que ha tenido que volcarse fuera de nuestras fronteras y por todas esas semillas que han debido germinar en otras tierras. Cómo fue que permitimos que una ideología, un partido, un hombre, se hayan sentido con el “divino” poder de decidir quién podía llevar o no el gentilicio de “cubano”.
Ya tengo la prueba de que me mintieron, nos mintieron. Nadie ha tenido que decírmelo, me he dado cuenta por mí misma al ver toda esa Cuba que hay fuera de Cuba, ese país inmenso que ellos han salvaguardando para nosotros.
México no permite medias tintas, no admite que nos quedemos indemnes. Es cómo el picante en la lengua, el tequila en la garganta y el sol en los ojos. Cinco días en la tierra de la serpiente emplumada y me ha costado subirme al avión, porque unos deseos intensos me halaban para quedarme explorando una realidad subyugante y compleja. He visto edificios modernos a pocos metros de las ruinas del Templo Mayor; embotellamientos tremendos en las calles, mientras por las aceras algunos caminan con la calma de quien no tiene ninguna prisa por llegar. También he comprobado que la Catrina de calavera sonriente, alterna sin problemas con los tapices de colores vivos en medio del gentío de La Ciudadela. Con su risotada sarcástica, la pamela emplumada y el costillar afuera, me retaba. Alguien me dio a probar una golosina y era intensamente dulce, con azúcar espolvoreada; pero después mordí un tamal y la “patada” del chili en mi paladar me hizo soltar unas lágrimas. México no permite sentimientos tibios, lo amas o lo amas.
Así que rodeada de contrastes empecé mi periplo azteca. De Puebla al DF, encontrando amigos y visitando varias redacciones de periódicos, emisoras de radio y –sobre todo- hablando con muchos, muchos colegas periodistas. He querido saber de primera mano las satisfacciones y los riesgos de ejercer la profesión de informador en esta sociedad y he encontrado una gran cantidad de profesionales preocupados, pero trabajando. Gente que se juega la vida –especialmente al norte del país- por reportar, gente que cree al igual que yo en la necesidad de una prensa libre, responsable y apegada a la realidad. He aprendido de ellos. También me he perdido en el entramado de timbiriches y kioscos del centro de la ciudad y he sentido allí el pulso de la vida. Una vida que ya percibía desde el aire antes de aterrizar, cuando en la madrugada del sábado observé el gran hormiguero que es la Ciudad de México –las muchas ciudades que contiene- en plena ebullición, a pesar de ser tan temprano.
Por momento tuve la impresión de estar viviendo un fragmento de la novela Los detectives Salvajes de Roberto Bolaño. Pero yo no buscaba -como los protagonistas de ese libro- a una poetisa de culto, extraviada en el olvido. Yo en realidad trataba de mirar y de hallar a mi propio país a través de los ojos de los mexicanos. Y lo encontré. Un Isla reinterpretada y múltiple, pero cercana; que levanta pasiones por doquier y que tampoco deja indemne a nadie. Un amigo me preguntó antes de irme ¿Cómo sientes a México? No lo pensé mucho: picante –le respondí- como el picante que provoca una sacudida en todo el cuerpo y saca las lágrimas de placer y tormento. ¿Y Cuba? –insistió- ¿Cómo la sientes?… Cuba, Cuba es agridulce…
¿Qué es diferente? Los olores y la temperatura, pienso en un primer momento. Después llegan los ruidos que son tan peculiares en cada lugar, la grisura del cielo en el invierno o el tono oscuro de las aguas de un río que atraviesa parte de Europa. ¿Qué es realmente lo nuevo? Me sigo cuestionando mientras pruebo un sabor aquí o estrecho por primera vez unas manos acá. La música quizás, el sonido del tranvía frenando en la parada, la nieve que se amontona a los lados de la acera, las flores de primavera que luchan por salir aunque les espera quizás la peor de las heladas. ¿Dónde radica lo extraño? En las campanadas de las Iglesias que en cada hora en punto parecen competir, o en ciertas casas que de tan antiguas hacen verse como de corta edad a las construcciones de La Habana vieja.
Pero ni en la profusión de autos modernos, ni en la señal wifi que permite conectarse a Internet casi por todos lados, radica la verdadera novedad para mí. Tampoco en los kioscos llenos de periódicos, en los estantes repletos de ofertas de las tiendas o en el perro que en medio del pasillo del metro es tratado como dueño y señor de la situación. Lo raro no es la amabilidad de los dependientes, la casi ausencia de colas, las gárgolas de garras y dientes afilados que sobresalen de las fachadas o el vino que humea y que se toma más para calentar el cuerpo que para disfrute del paladar. Ninguna de esas sensaciones de estreno o casi olvidadas por una década sin viajar, son las que marcan la diferencia entre la Isla que ahora veo en la distancia y los países que visito en esta ocasión.
El contraste principal radica en lo que está o no permitido. Desde que bajé del primer avión estoy esperando que me regañen, que alguien salga y me advierta “eso no se puede hacer”. Busco con la mirada al custodio que vendrá a decirme “no está permitido hacer fotos”, al policía de rostro sombrío que me gritará “ciudadana, identificación”, al funcionario que cortará mi paso por algún pasillo mientras sentencia “aquí no es posible entrar”. Pero, no acabo de toparme con ninguno de estos personajes tan comunes en Cuba. De manera que para mí la gran diferencia no son los deliciosos panes con semilla, la perdida carne de res que ahora regresa a mi plato o el sonido de otra lengua en mis oídos. No. La gran diferencia es que no siento permanentemente sobre mí la señal roja de lo proscrito, el silbato que me sorprende en algo clandestino, la constante sensación de que cualquier cosa que haga o piense podría estar prohibida.

Miguel Díaz-Canel Foto tomada de http://peru21.pe/mundo/miguel-diaz-canel-posible-sucesor-raul-castro-2119009
Ring, ring, ring…. las llamadas internacionales siempre demoran una eternidad en abrirse paso hacia un teléfono en Cuba. Como si tuvieran que atravesar una atmósfera espesa, densa. Finalmente una voz responde al otro lado de la línea. Es un amigo al que intento preguntarle qué opina del recién conformado Consejo de Estado y del nombramiento de Miguel Díaz-Canel como primer vicepresidente. ¿Qué? es todo lo que contesta en un primer momento. Entonces le explico que este domingo estuve siguiendo la conformación de la Asamblea Nacional y que me gustaría completar la información con algunas impresiones dentro de la Isla. Mi amigo bosteza, me confirma que no miró la televisión ayer y que nadie le ha comentado nada. Y caigo en cuenta que sufro del mal de la hiper información mezclado con cierta distorsión que produce la distancia de Cuba. Había olvidado cuán indiferentes se muestran muchos de mis compatriotas ante ciertos asuntos, que de tan predecibles ya no generan ni expectativas.
La designación del segundo hombre en la nomenclatura cubana, ha sido probablemente más comentada y discutida fuera de la Isla que en el interior de esta. En parte porque desde hacia meses los medios nacionales ya sugerían –con su constante alusión a este ingeniero de 52 años- que él podría convertirse en el sucesor de Raúl Castro. De manera que a pocos ha sorprendido que el otrora ministro de Educación Superior se haya convertido desde ayer domingo en el “delfín” del régimen cubano. El reloj biológico ha puesto en una encrucijada a los octogenarios que gobiernan la mayor de las Antillas: o heredan ahora, o pierden para siempre, parecen dictar las manecillas de la historia. Así que ha optado por una figura más joven para dejarla en la línea sucesoria. Han basado su elección en que confían en la fidelidad y manejabilidad de Díaz-Canel, atrapado entre el compromiso con sus superiores y la convicción de su escaso poder real.
La historia muestra que uno es el comportamiento de estos delfines mientras son observados por sus jefes y otro bien distinto cuando estos ya no están. Sólo entonces descubriremos quién es realmente el hombre que ayer pasó a ser el número dos de Cuba. No obstante, tengo la ilusión que no será en ese Consejo de Estado, ni en esa silla presidencial que se decidirá el destino de nuestro país. Tengo la ilusión de que la era de los monarcas de verdeolivo, sus herederos y su séquito está terminando.
Quizás ustedes no lo saben –porque no todo se cuenta en un blog- pero el primer acto de repudio que vi en mi vida fue cuando sólo tenía cinco años. El revuelo en el solar llamó la atención de las dos niñas que éramos mi hermana y yo. Nos asomamos a la reja del estrecho pasillo para mirar hacia el piso de abajo. La gente gritaba y levantaba el puño alrededor de la puerta de una vecina. Con tan poca edad no tenía la menor idea de qué pasaba. Es más, ahora cuando rememoro lo ocurrido apenas tengo el recuerdo del frío de la baranda entre mis dedos y un destello muy breve de los que vociferaban. Años después pude armar aquel calidoscopio de evocaciones infantiles y supe que había sido testigo de la violencia desatada contra quienes querían emigrar por el puerto del Mariel.
Pues bien, desde aquel entonces he vivido de cerca varios actos de repudio. Ya sea como víctima, observadora o periodista… nunca –vale la pena aclararlo- como victimaria. Recuerdo uno especialmente violento que experimenté junto a las Damas de Blanco, donde las hordas de la intolerancia nos escupieron, empujaron y hasta halaron los pelos. Pero lo de anoche, fue inédito para mi. El piquete de extremistas que impidió la proyección del filme de Dado Galvao en Feria de Santana, era algo más que una suma de adeptos incondicionales al gobierno cubano. Todos tenían, por ejemplo, el mismo documento -impreso en colores- con una sarta de mentiras sobre mi persona, tan maniqueas como fáciles de rebatir en una simple conversación. Repetían un guión idéntico y manido, sin tener la menor intención de escuchar la réplica que yo pudiera darles. Gritaban, interrumpían, en un momento se pusieron violentos y de vez en cuando lanzaban un coro de consignas de esas que ya no se dicen ni en Cuba.
Sin embargo, con la ayuda del Senador Eduardo Suplicy y la calma ante las adversidades que me caracteriza, logramos comenzar a hablar. Resumen: sólo sabían chillar y repetir las mismas frases, como autómatas programados. ¡Así que la reunión fue de lo más interesante! Ellos tenían las venas del cuello hinchadas, yo esbozaba una sonrisa. Ellos me hacían ataques personales, yo llevaba la discusión al plano de Cuba que siempre será más importante que esta humilde servidora. Ellos querían lincharme, yo conversar. Ellos respondían a órdenes, yo soy un alma libre. Al final de la noche me sentía como después de una batalla contra los demonios del mismo extremismo que atizó los actos de repudio de aquel año ochenta en Cuba. La diferencia es que esta vez yo conocía el mecanismo que fomenta estas actitudes, yo podía ver el largo brazo que los mueve desde la Plaza de la Revolución en La Habana.

Llevar una bitácora de viaje es tan difícil como tratar de estudiar para un examen de matemáticas en el interior de una discoteca. Atenta a la nueva realidad que se muestra ante mis ojos desde que salí de Cuba, me he visto ante la disyuntiva de si vivir o narrar lo que me ocurre, actuar como protagonista de este itinerario o como periodista que lo cubre. Ambas ópticas son difíciles de llevar a la par, dada la velocidad y la intensidad de cada suceso, por lo que trataré de ir poniendo por escrito algunas impresiones. Hilachas de lo que me sucede, fragmentos a veces caóticos de lo que experimento.
La primera sorpresa en el programa fue en el aeropuerto José Martí de La Habana, cuando después de atravesar la taquilla de emigración varios pasajeros comenzaron a acercarse y a darme sus muestras de solidaridad. El afecto fue creciendo en la medida que el trayecto avanzaba y en Panamá encontré a unos venezolanos también muy cariñosos… aunque me pidieron de favor que no subiera la foto con ellos a Facebook… para no tener problemas en su país. Después de esa escala, vino el vuelo más largo hacia Brasil, con una sensación mental y física de descomprensión. Como si hubiera estado sumergida demasiado tiempo sin poder respirar y lograra tomar ahora una bocanada de aire.
El aeropuerto de Recife un lugar para el abrazo. Allí encontré a muchas personas que durante años me han apoyado en mi empeño de viajar fuera de las fronteras nacionales. Hubo flores, regalos y hasta un grupo de gente insultándome que me gustó mucho –lo confieso- porque me permitió decir que yo soñaba con que “algún día en mi país la gente se pudiera expresar públicamente así en contra de algo, sin represalias”. Un verdadero regalo de pluralidad, para mí que llego de una Isla a la que han intentado pintar con el monocromático color de la unanimidad. Más tarde me asomé también a una Internet tan rápida que casi no comprendo, sin páginas censuradas ni funcionarios mirando por el hombro la página que visito.
Así que hasta ahora todo va muy bien. Brasil me ha dado el regalo de la diversidad y del cariño, la posibilidad de apreciar y narrar tantos asombros.
Hace años quería hacerle ciertas preguntas a Eliécer Ávila. Desde que lo escuché por primera vez hablar y presentarse en aquel enero de 2008, estuve tentada de indagar sobre qué significaba realmente ser un miembro de la Operación Verdad, cuál papel jugaba un soldado de la web. Pero el tiempo pasó, los sucesos se amontonaron, las dificultades se sucedieron y sólo en agosto del año pasado pudimos tener una conversación acerca del tema. Lo que me contó superó mis expectativas y confirmó mis temores de que la batalla ideológica se ha trasladado en parte al ciberespacio. Así que todas aquellas teorías de trolls formados en los laboratorios de la Seguridad del Estado, hackers de verdeolivo y blogs creados con el único propósito de distraer la atención, quedaron corroboradas con esta entrevista.
Pegados al teclado y a la pantalla, con un guión preestablecido, nuestros policías de los kilobytes dejan un rastro fácil de detectar. Su estrategia principal no es rebatir argumentos ni contraponer ideas, sino denigrar e intentar desprestigiar al ciudadano que emite una crítica al sistema. En “matar al mensajero”, se resume la premisa de aquellos que se enfocan no en lo dicho sino en quién lo dice. Cada palabra que me ha contado Eliécer encaja de una manera significativa en parte de lo que me ha ocurrido en estos últimos seis años, desde que abrí Generación Y. A veces pensé que eran delirios paranoides de mi mente –lo confieso- pero ahora ya no tengo dudas: las autoridades cubanas se están gastando miles de horas en internet al año y recursos inimaginables para contrarrestar a unos pacíficos ciudadanos que sólo decimos nuestra opinión.
Probablemente estas líneas sean leídas por las nuevas milicias de la Operación Verdad, así que quiero aprovechar para enviarles el siguiente mensaje “sé que están ahí, es más, ya no pueden esconder que están ahí. El trabajo que realizan es también una labor represiva, una forma de coartar la libertad de los cubanos. En lugar de silenciar a los otros, deberían defender sus ideas con gallardía y no encubiertos detrás de seudónimos y aprovechándose de la superioridad tecnológica. Si realmente creen en lo que promulgan no deberían tener que apelar a métodos tan deleznables para hacerlo valer. No apabullen, convenzan. No traten de anular la diferencia, aprendan –más bien- a vivir con ella”.
p.d: Me disculpo por las fallas de sonido que tiene la entrevista, obedecen en buena medida a la precariedad tecnológica que padecemos. De manera que agradezco de antemano cualquier ayuda que puedan brindarme para “limpiar” el audio o colocar subtítulos.
El ascensor es un concentrado de olores a cualquier hora. Cuando llega el pescado al mercado racionado se impregna por días con un fuerte tufo a jurel. También se quedan en él los aromas del hombre que vende pizzas a domicilio en los pisos altos y las colonias de los bebés que sus madres llevan a pasear. A veces hay una fragancia dulzona, intensísima, que se pega a la ropa de quienes suben o bajan en la pequeña cabina de metal. Todos saben que tan intenso efluvio proviene de una vecina muy coqueta que parece “bañarse” en colonias y cremas cada vez que sale a la calle. Así que la broma del día es referirse al “tremendo fijador que tienen sus perfumes…” . Frase que se usa también fuera del contexto de los cosméticos y los bálsamos, para señalar cuando el efecto de algo es duradero y continuado.
Pues bien, toda nuestra realidad está falta de fijador. Inauguran un servicio hoy y cuatro semanas después ya empieza a a perder calidad y a restringirse. Anuncian a bombo y platillo la ampliación de salidas de trenes o la mejora en la frecuencia de los ómnibus, pero al pasar pocos meses todo vuelve al punto anterior. Abren sus puertas nuevas instituciones culturales o recreativas y en apenas medio año se despeñan por la pendiente de la falta de oferta y del deterioro. Mantener el estándar resulta un imposible, incluso para muchos trabajadores por cuenta propia que parecen haber heredado del sector estatal esa propensión al declive. La sabiduría popular aconseja usar o visitar ciertos lugares en sus primeras 72 horas de estrenados, pues después… después ya nada será igual.
La falta de fijador se extiende desde las restauraciones arquitectónicas, que en breve tendrán la pintura dañada por la humedad y goteras en el techo, hasta procedimientos burocráticos que sólo el primer día de instaurados funcionan con eficiencia. Lo efímero marca la pauta, la fugacidad es el sino de la calidad en Cuba. Prueba de ello son los servicios que brindan nuestras sucursales de correos y bancos. Cada cierto tiempo, se informa de una transformación administrativa para lograr que sean eficientes, pero la mejoría dura muy poco. El tiempo que tardamos en enterarnos del avance basta para que éste se evapore. Como una obra de arte efímera –o un perfume barato- los logros muchas veces se desvanecen y ni siquiera nos dan tiempo para percatarnos de que existieron.
“Ya nadie hace nada de gratis”, dice el personaje de una comedia que disfrutamos en nuestra cartelera cinematográfica a principios de este año. Dirigida por Daniel Díaz Torres, La película de Ana fue elegida como el mejor largometraje de ficción en 2012, según la Asociación Cubana de la Prensa cinematográfica. Sin embargo, más allá de los reconocimientos institucionales y de otros galardones que de seguro alcanzará, por el momento se ha llevado el invaluable premio del público que la ha recibido con abundantes sonrisas y aplausos. En el rol protagónico, Laura de la Uz da vida a una actriz que va dando tumbos entre un papel mediocre y otro, entre malas aventuras para adolescentes y peores telenovelas para amas de casa. Espoleada por los problemas materiales, especialmente ante la urgencia de comprar un refrigerador, decide hacerse pasar por prostituta para un documental que ruedan unos productores austriacos. Lo que iba a ser una interpretación más, una secuencia de estereotipos y exageraciones, se convierte así en la mejor actuación de Ana.
Como un juego de espejos, el filme superpone la realidad y la falsedad, lo emotivo y lo histriónico. Ni siquiera el humor y los parlamentos jocosos logran restarle gravedad al drama del desdoblamiento como herramienta de supervivencia. Ana se va complicando, metiéndose de lleno en un mundo que cree conocer, pero que la desborda y que la atrae cuesta abajo. Hace posar a su familia sin que ésta lo sepa; filma a sus vecinos para apuntalar el improvisado guión y miente, miente, miente. Se convierte en la propia directora de una película con innumerables planos que quieren cumplir las expectativas de los productores extranjeros. Sin embargo, a cada lugar común se le suma la dureza de su propia vida, sin afeites, sin necesidad de dramatizarla en exceso.
La película de Ana nos causa un rubor femenino, nacional, humano. La vergüenza ajena al pensar en todos aquellos que vemos haciéndose pasar por otros. El hombre que fuma un tabaco –aunque no le guste- para que los turistas le hagan fotos y le paguen por ello. El funcionario al que la máscara de la simulación ideológica ya se le fundió con el propio rostro. Y también esos que alimentan la simulación, porque ellos mismos ya han perdido la capacidad de distinguir la parte de la historia que se inventaron o la que no. Como una Ana que, aunque se quitara el maquillaje y apagara la cámara, seguirá actuando y fingiendo.
Tenía yo una queratitis bastante agresiva en el ojo izquierdo. Era el resultado de la poca higiene del albergue y de las sucesivas conjuntivitis mal cuidadas. Me recetaron un complejo tratamiento, pero después de un mes de colirios seguía sin notar ninguna mejoría. Me ardían los ojos al mirar las paredes pintadas de blanco y las zonas donde se proyectara la luz del sol. Los renglones de las libretas se mostraban borrosos y observar mis propias uñas era un imposible. Yanet, la muchacha que dormía en la litera de enfrente, me contó lo que ocurría. “Te roban la homatropina para tomársela, cogen tremendo vuele y después te rellenan el frasco con otra cosa”, me dijo en un susurro frente a las duchas. Así que me puse a vigilar cada noche mi taquilla y comprobé que era verdad. La medicina que debía curarme la consumían algunas de mis colegas de albergue mezclada con un poco de agua … no en balde mi córnea no sanaba.
Elefantes azules, caminos de plastilina, brazos que se alargaban hasta el horizonte. Escapar, volar, saltar por la ventana sin hacerse daño… hacia el mismísimo abismo, eran las sensaciones que perseguían muchas de aquellas adolescentes alejadas de sus padres y que vivían bajo los pocos valores éticos que nos transmitían los profesores. Algunas noches, los varones hacían en el área deportiva un infusión de la flor conocida como “campana”, la droga del pobre le decían. Al final de mi décimo grado, comenzaron a entrar también a aquel preuniversitario en el campo los polvos para inhalar y la “hierba” en paquetes pequeños. Los traían principalmente los estudiantes que vivían en el paupérrimo barrio de El Romerillo. Risitas en las aulas las mañanas después de la ingesta, miradas extraviadas que traspasaban el pizarrón y la libido exacerbada con todos aquellos “alicientes para vivir”. Con dosis regulares ya no se siente ni el ardor del hambre en el estómago, me confirmaban algunas amigas ya “enganchadas”. Por suerte, nunca me he dejado tentar.
Al salir de la beca, supe que afuera de los muros de aquel lugar se repetía la misma situación, pero a mayor escala. En mi barriada de San Leopoldo, aprendí a reconocer los párpados semiabiertos de los “colocados”, la flaqueza y la piel mortecina del consumidor empedernido y la agresiva actitud de algunos que después de darse “un toque” se creían los reyes del mundo. Cuando llegaron los años dos mil aumentaron las ofertas en el mercado de la evasión: melca, marihuana, coca –esta última actualmente a unos 50 pesos convertibles el gramo- pastillas EPO; Parkisonil rosado y verde, piedra, Popper y todo tipo de psicotrópicos. Los compradores son de muy variados estratos sociales, pero en su mayoría buscan escapar, pasar un buen rato, salirse de la rutina, dejar atrás la asfixia cotidiana. Inhalan, beben, fuman y después se les ve bailar toda la noche en una discoteca. Pasada la euforia se quedan dormidos frente a esa misma pantalla de televisión donde Raúl Castro asegura que “en Cuba no hay droga”.
En diciembre se reunió nuestro parlamento. Un conglomerado diverso de edades, orígenes sociales, razas y género, pero con una sola filiación política. Más de seiscientos diputados que dicen representar una nación, cuando en realidad sólo hablan en nombre de una ideología. La pantomima de la pluralidad, con estadísticas pensadas para impresionar, dadas las cifras de mujeres, jóvenes, mestizos y obreros que lo integran, aunque sin diversidad de pensamiento. Un arcoíris con siete bandas del mismo color. O casi, porque la paleta sólo contiene rojo y verdeolivo. Pero no es precisamente de este manso grupo de individuos aplaudiendo en el Palacio de las Convenciones de lo que quiero escribir hoy, sino del cable de fibra óptica entre Cuba y Venezuela.
Cuando el mes pasado el ministro de Telecomunicaciones e Informática rindió un informe ante la Asamblea Nacional, la prensa no publicó ninguna palabra sobre el cable Alba-1. Desde agosto de 2012, dice hoy el periódico Granma, el tendido submarino estaba activo para “tráfico de voz correspondiente a telefonía internacional”. Eso significa que cuando Maimir Mesa habló frente al parlamento ya tenía información para dar y prefirió reservársela, escamoteárnosla. ¿Por qué? Quizás por temor a que la ansiedad que tantos tenemos por conectarnos a Internet se avivara con ese anuncio. Quizás nos ocultó tales datos porque no conoce otra estrategia informativa que el secretismo. “Mientras menos sepan, mejor”, parece ser la divisa de nuestros dirigentes.
Sin embargo, este mundo es un pañuelo, una pelota de béisbol, una naranja ácida y pequeñita. Hace unos días, la firma norteamericana Renesys anunció (aquí y aquí) que había notado latencia en el Alba-1. Primero fue un tráfico en una sola dirección, que posteriormente se completó en un ir y venir de kilobytes. El cable estaba vivo, despertaba. Dos años después de su llegada a tierras cubanas, con un costo de 70 millones y 1.600 kilómetros de largo, la larga serpiente de fibra óptica empezaba a funcionar. Tuvimos que enterarnos, como tantas veces ocurre, por los medios extranjeros. Sólo cuando ya la noticia estaba por todos lados, entonces la prensa oficial lo confirmó esta mañana en una escueta nota. En la misma se advierte que “la puesta en operación del cable submarino no significará que automáticamente se multipliquen las posibilidades de acceso”.
La verdad es que ya no les creo nada. Ni a la pasiva Asamblea Nacional, ni a un ministro que practica el secretismo, ni a los periodistas oficiales que estuvieron en aquella sesión del parlamento y no reportaron la ausencia de un tema tan importante, ni a un periódico que sólo se pronuncia cuando le descubren sus silencios. Mucho menos creo ya en el carácter de verdaderos ciudadanos de todos esos millones de cubanos que se han callado y se han conformado con el menor acceso a Internet de este hemisferio.




















