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internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos. Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal. Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había
consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo,
siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas
autorizadas a opinar en materia de música.”
(Hermann Hesse. Inspirada en Voltaire )
Extracto del discurso sobre el humanismo, de José Luis Sampedro en la Universidad Carlos III de Madrid, el día 19/10/2010.
(Del libro Wo-oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
(Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
(Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
Ichigeki Hisatsu Shibumi
Goliat, Aquiles, Gengis… ¿Qué más da el nombre o el tamaño del enemigo cuando lo que realmente cuenta en la batalla es su poder?
Nadie habría apostado ni siquiera un Yen por él cuando empezó la contienda. A fin de cuentas… ¿Quién era él? Alguien mundano; un mortal. Un hombre. Un hombre nada más... pero también nada menos.
Ante tan terrible enemigo aparecía como algo insignificante. Apenas nada; apenas nadie.
Aún así, la lucha ya duraba más tiempo del que nadie calculara jamás. Por supuesto, y como cualquier hombre, había tenido momentos de flaqueza. Había hincado varias veces la rodilla en el suelo, y había llorado de dolor y de rabia. En momentos así, recordaba anécdotas que habían transcurrido a lo largo de su vida. Recordaba hechos y palabras que aparentemente en su día no tenían mayor importancia; el ánimo y afecto de quienes le apoyaban, o las palabras que su madre repetía en cualquier momento, sin dudarlo, donde y delante de quien fuera menester: “El, es el más valiente de mis hijos.”
Entonces, se levantaba, y si no lo decía en voz alta, lo pensaba:
- Es verdad que estoy realmente agotado. Te creían invencible y quizás aún lo seas. Pero estoy aquí, y todavía no me has vencido. Para hacerlo, tendrás que esforzarte más. Para vencerme, tendrás que ser aún mas fuerte. Así y todo, dudo mucho de tu victoria. Nunca jamás esperes mi rendición. Y ni te miento a ti, ni a mí mismo.
Antes de terminar de pensarlo, ya estaba arremetiendo de nuevo contra el terrible gigante. Con tanta determinación, que el resultado final quedaba de nuevo en suspenso.
(Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
El caudillo del clan se acomodó las rudas e incomodas pieles que le servían de vestidura, y dando otro largo sorbo al extraño brebaje, eructó con absorta parsimonia, para seguidamente continuar interrogando al extraño extranjero de ojos rasgados, que maniatado y ferozmente magullado, yacía a sus pies.
- ¿Y dices que vienes de más allá del mar?
- Así es, señor. Y también he viajado por diferentes países del continente, teniendo la oportunidad de conocer todo tipo de artilugios y gentes de diferentes cualidades.
- ¡Diferentes cualidades! – El caudillo clavó sus terribles ojos negros en el prisionero – ¡Como si acaso tú no fueses lo suficientemente raro, maldito charlatán! Tus palabras revolucionarias hacen que las gentes del poblado empiecen a tener la cabeza llena de pensamientos tan absurdos como tus palabras. Algunos, hasta empiezan a creer que pronto tendrán una vida aun mejor que la que tienen. Háblame otra vez de ese artilugio que permite separar los pies del suelo.
El extranjero llenó sus pulmones de aire, intentando ignorar el dolor que este simple acto le producía en las costillas de la parte izquierda de su cuerpo.
- El invento del que hablo, señor, no solo permite a la gente separar los pies del suelo, sino incluso elevarse o vivir en planos diferentes, y también, por ejemplo, podría permitir a una persona tener dos casas en un mismo edificio. Realmente es algo de tal simpleza, que le asombraría conocerlo.
El caudillo, arrugando el ceño y apretando los oscuros dientes con fiereza, procedió a rascarse la entrepierna con inusitada fruición. Seguidamente masculló:
- ¡Ya he escuchado suficientes badomías! ¡Ordeno que al amanecer seas atado a un poste y puesto al sol! A ver si así desaparecen esas ideas locas de tu cabeza.
A continuación, los guerreros levantaron al prisionero para llevarlo de nuevo a las mazmorras; pero justo antes de cruzar las puertas, el caudillo le preguntó de nuevo:
- ¡Extranjero! ¿Cómo dices que se llama ese artilugio tuyo?
- Escalera. Su nombre es escalera, señor.
- ¡Menuda majadería! Aún es más descabellado el nombre que el propio invento. Vaya imaginación enfermiza. Lleváoslo.
Y dicho esto, soltó varias risotadas mirando a los congregados que alegres se unieron a sus risas. Después, volvió a beber del cuerno lleno de brebaje, rebosando éste por ambas partes de la cara y derramándose a través de su cuello hasta las pieles de su vestimenta, para a continuación gritar con autoridad:
- ¡Que suene la música! ¡Que entren las bailarinas!
(Del libro Wo Oshimu, de Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
Y pasan los días. Una hora va a rueda de otra, sin perder su rebufo minuto a minuto. Cada una de las horas, guiada por complicados mecanismos ideados por la mente del hombre para medir el tiempo, en su loco afán por controlar cuanto le rodea. Pensando, dentro de su inconsciencia, que todo tiene que ver con él, pero nada le afecta de forma personal. Y lo que es peor: que todo cuanto le rodea le pertenece.
Y mientras pasan, de vez en cuando sigo teniendo aquel leve estremecimiento en los hombros y en la espalda; el mismo escalofrío que sentí al coger un melocotón robado a un árbol cultivado por otro hombre. El que sentí las primeras veces que empecé a salir a la calle solo. Al conocer lugares, locales, libros, músicas y personas por mí mismo. Al saludar a alguien ya “conocido”. Al sostener la primera mirada. Al ser consciente del día, de la noche, del aire y los olores y aromas que éste conlleva. Del andar y del caminar. De la vida con su adjunta e inevitable muerte. - Esto es muy grande, y hay que tomarlo con calma- me decían mis adentros. Fue este mismo tiempo que pasa inexorable quien me dio la razón: todos a quienes conocí que quisieron comerse el mundo, acabaron siendo engullidos por él. No es un escalofrío derivado del miedo; quizá sí aparezca al tener la certeza de la pequeñez e insignificancia que nos caracteriza. De la fugacidad de nuestra existencia. Aun lo siento, sí: lo siento y me reconforta. Y pasan los días. Y pienso que el Ahora, desde el punto de vista de la instantaneidad, jamás ha existido. Nos decimos a nosotros “Vive el momento, ¡Carpe diem!”… sin detenernos a pensar que cuando decimos “momento”, éste ya forma parte del pasado; que mientras pensamos “¡Ya!”, ya está pasando. La inexorable y afilada manecilla del segundero apenas da abasto para contar la infinidad de irrecuperables segundos que van cayendo decapitados a su paso, quedando en el olvido de una fosa común. Mientras tanto, cada cual vive de la forma más cómoda posible, aquello con lo que le ha tocado vivir. Yo, tomo aliento. Y lo expulso. Y recuerdo que leí en algún sitio que el oxigeno oxida, envejece. Pero no importa: ya pasó. Y mientras pasan, me cruzo en las aceras con caras ensimismadas, sumidas en miles de problemas sin importancia. Problemas exageradamente engrandecidos, que si no existen los creamos. Cuando nos llegue la hora del adiós a todo, si nos da tiempo, pensaremos en cuantos momentos de angustia hemos vivido, debido a insignificancias absurdas que ahora nos parecen terribles. Los malos y los buenos momentos no se quedaran ni siquiera en el pasado. Entonces, aunque demasiado tarde, aprenderemos a distinguir cuales eran las cosas realmente importantes, si es que las habían. Y pasan los días, y sigo escuchando voces que dicen que la vida es perra o maravillosa, pero nunca oí a nadie decir que la vida fuese fácil. En los tiempos en que una aventura consistía en abrochar un botón propio en lugar de desabrochar uno ajeno, mi padre me enseñó que tenía que aprender a vestirme por mí mismo. Y eso, cuando aun no había llegado a conocer la terrible asignatura que sería aprender a enlazar los cordones de mis zapatos. Ya hace tiempo que me visto por mí mismo, y hasta la fecha de hoy, nunca se me han caído los pantalones por la calle. La vida no es fácil ni aquí, ni ahí, ni allá. No está hecha para los débiles, y uno debe aprender a masticar su propio arroz. Y mientras pasan, sigo mirando a las estrellas con los ojos de un niño ya grande, y como un niño, sigo pensando que nuestros vecinos del cielo dejan las luces encendidas toda la noche y cada noche. Y que aunque todos los años vuelven las oscuras golondrinas de Becker, no siempre son las mismas y algunas quedaron en el camino, reemplazadas por otras nuevas. Porque todo lo que se rompe, o es reparable o reemplazable, ya que lo imprescindible tiene una dudosa existencia. Y pasan los días, y sigo subiendo a trenes que no sé a donde me van a llevar. Mientras, observo como otros se van sin mí porque no se puede estar en todos. Y otros tantos que no veo pero de los que estoy seguro que antes o después pasaran por esta misma estación. Y si no lo hacen, cuanto menos me permito soñar que lo harán. Supongo que también habrá otros trenes que ni siquiera intuyo, porque son muchos los impulsos eléctricos que nos pasan desapercibidos en forma de ideas; luces que deambulan por el interior del cerebro, a una velocidad de casi trescientos mil kilómetros por segundo. Y mientras pasan, vamos dejando en el olvido asuntos como aquella gran carrera que todos ganamos antes incluso de ser embriones; cuando no había un podium para el segundo clasificado y dejábamos atrás a miles de congéneres, llevados por nuestras ansias de vida. Por existir. Y olvidamos que cuando se ha sido campeón una vez, se es campeón para siempre. Nos volvemos incapaces de detectar ante un espejo, aquel brillo que veíamos en nuestros ojos cuando éramos niños. El brillo donde reside la sagacidad, la tenacidad y la osadía. La fuerza del impulso. El empuje que nos ayuda a seguir hacia adelante. Olvidamos que la carrera no ha hecho más que empezar; que merecemos estar aquí porque todos los que estamos somos campeones y nos lo hemos ganado . Y olvidamos también que cuanto más lejana esté la meta, más motivos deberíamos tener para sonreír. Y pasan los días con sus noches. O las noches con sus días, que igual me da. Y mientras pasan, espero volver a despertar mañana y sentir las horas pasar. Como en cada día… para mañana, hoy, será ayer.
(Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
Y pasan los días. Una hora va a rueda de otra, sin perder su rebufo minuto a minuto. Cada una de las horas, guiada por complicados mecanismos ideados por la mente del hombre para medir el tiempo, en su loco afán por controlar cuanto le rodea. Pensando, dentro de su inconsciencia, que todo tiene que ver con él, pero nada le afecta de forma personal. Y lo que es peor: que todo cuanto le rodea le pertenece.
Y mientras pasan, de vez en cuando sigo teniendo aquel leve estremecimiento en los hombros y en la espalda; el mismo escalofrío que sentí al coger un melocotón robado a un árbol cultivado por otro hombre. El que sentí las primeras veces que empecé a salir a la calle solo. Al conocer lugares, locales, libros, músicas y personas por mí mismo. Al saludar a alguien ya “conocido”. Al sostener la primera mirada. Al ser consciente del día, de la noche, del aire y los olores y aromas que éste conlleva. Del andar y del caminar. De la vida con su adjunta e inevitable muerte.
- Esto es muy grande, y hay que tomarlo con calma- me decían mis adentros. Fue este mismo tiempo que pasa inexorable quien me dio la razón: todos a quienes conocí que quisieron comerse el mundo, acabaron siendo engullidos por él. No es un escalofrío derivado del miedo; quizá sí aparezca al tener la certeza de la pequeñez e insignificancia que nos caracteriza. De la fugacidad de nuestra existencia. Aun lo siento, sí: lo siento y me reconforta.
Y pasan los días. Y pienso que el Ahora, desde el punto de vista de la instantaneidad, jamás ha existido. Nos decimos a nosotros “Vive el momento, ¡Carpe diem!”… sin detenernos a pensar que cuando decimos “momento”, éste ya forma parte del pasado; que mientras pensamos “¡Ya!”, ya está pasando. La inexorable y afilada manecilla del segundero apenas da abasto para contar la infinidad de irrecuperables segundos que van cayendo decapitados a su paso, quedando en el olvido de una fosa común. Mientras tanto, cada cual vive de la forma más cómoda posible, aquello con lo que le ha tocado vivir. Yo, tomo aliento. Y lo expulso. Y recuerdo que leí en algún sitio que el oxigeno oxida, envejece. Pero no importa: ya pasó.
Y mientras pasan, me cruzo en las aceras con caras ensimismadas, sumidas en miles de problemas sin importancia. Problemas exageradamente engrandecidos, que si no existen los creamos. Cuando nos llegue la hora del adiós a todo, si nos da tiempo, pensaremos en cuantos momentos de angustia hemos vivido, debido a insignificancias absurdas que ahora nos parecen terribles. Los malos y los buenos momentos no se quedaran ni siquiera en el pasado. Entonces, aunque demasiado tarde, aprenderemos a distinguir cuales eran las cosas realmente importantes, si es que las habían.
Y pasan los días, y sigo escuchando voces que dicen que la vida es perra o maravillosa, pero nunca oí a nadie decir que la vida fuese fácil. En los tiempos en que una aventura consistía en abrochar un botón propio en lugar de desabrochar uno ajeno, mi padre me enseñó que tenía que aprender a vestirme por mí mismo. Y eso, cuando aun no había llegado a conocer la terrible asignatura que sería aprender a enlazar los cordones de mis zapatos. Ya hace tiempo que me visto por mí mismo, y hasta la fecha de hoy, nunca se me han caído los pantalones por la calle. La vida no es fácil ni aquí, ni ahí, ni allá. No está hecha para los débiles, y uno debe aprender a masticar su propio arroz.
Y mientras pasan, sigo mirando a las estrellas con los ojos de un niño ya grande, y como un niño, sigo pensando que nuestros vecinos del cielo dejan las luces encendidas toda la noche y cada noche. Y que aunque todos los años vuelven las oscuras golondrinas de Becker, no siempre son las mismas y algunas quedaron en el camino, reemplazadas por otras nuevas. Porque todo lo que se rompe, o es reparable o reemplazable, ya que lo imprescindible tiene una dudosa existencia.
Y pasan los días, y sigo subiendo a trenes que no sé a donde me van a llevar. Mientras, observo como otros se van sin mí porque no se puede estar en todos. Y otros tantos que no veo pero de los que estoy seguro que antes o después pasaran por esta misma estación. Y si no lo hacen, cuanto menos me permito soñar que lo harán. Supongo que también habrá otros trenes que ni siquiera intuyo, porque son muchos los impulsos eléctricos que nos pasan desapercibidos en forma de ideas; luces que deambulan por el interior del cerebro, a una velocidad de casi trescientos mil kilómetros por segundo.
Y mientras pasan, vamos dejando en el olvido asuntos como aquella gran carrera que todos ganamos antes incluso de ser embriones; cuando no había un podium para el segundo clasificado y dejábamos atrás a miles de congéneres, llevados por nuestras ansias de vida. Por existir. Y olvidamos que cuando se ha sido campeón una vez, se es campeón para siempre. Nos volvemos incapaces de detectar ante un espejo, aquel brillo que veíamos en nuestros ojos cuando éramos niños. El brillo donde reside la sagacidad, la tenacidad y la osadía. La fuerza del impulso. El empuje que nos ayuda a seguir hacia adelante. Olvidamos que la carrera no ha hecho más que empezar; que merecemos estar aquí porque todos los que estamos somos campeones y nos lo hemos ganado . Y olvidamos también que cuanto más lejana esté la meta, más motivos deberíamos tener para sonreír.
Y pasan los días con sus noches. O las noches con sus días, que igual me da.
Y mientras pasan, espero volver a despertar mañana y sentir las horas pasar.
Como en cada día… para mañana, hoy, será ayer.
(Ichigeki Hisatsu Shibumi-san)
(Entre nosotros <y ahora que estamos solos>: te felicito por haber sabido mirar en donde aparentemente no había nada; decide tú si ha valido la pena.)
La nada no es nada y como no es nada, puede ser cualquier cosa; pero no cualquier cosa puede ser nada.
Para que cualquier cosa sea nada, no puede ser cualquier cosa puesto que entonces será algo. Si es algo, ya no es nada porque la nada no puede ser algo; y si no es nada, entonces es cualquier cosa. Pero quedamos en que no cualquier cosa puede ser nada, por lo que llegamos a la conclusión de que nada es nada, pero nada no puede ser nada, ni algo, ni cualquier cosa.
Si hay "algo" llamado "nada", ya es algo y por lo tanto ha dejado de ser nada.
En lenguaje coloquial se conoce como nada a la ausencia de todo, o de algo, o de nada; lo que nos lleva a plantearnos el problema de la auto referencia (Gödel): “Si nada es la ausencia de nada (es decir, nada de nada), podemos concluir que el conjunto <Nada> no se puede contener a sí mismo”.
En términos de Zonofavic, la nada es como un huevo vacío y sin cáscara.
Los físicos y los existencialistas como Jean Paul Sastre, definen a la nada (a mí personalmente me parece la mejor definición), como lo siguiente:
Ichigeki Hisatsu Shibumi
(Discurso sobre la primera década, de Tito Livio)
_________________________________________________________
“Los hombres desean no temer, comienzan a hacer temer a los otros y aquella injuria que quieren ahuyentar de sí la dirigen contra el otro, como si fuera necesario ofender o ser ofendido”.
(Discurso sobre la primera década, de Tito Livio)
















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